La mejor defensa contra la próxima pandemia: tu tenedor

Crédito: Jo-Anne McArthur/We Animals

Mientras los humanos insistan en abusar y explotar a los animales en granjas industriales, surgirán patógenos más fuertes y mortales que el nuevo coronavirus como consecuencia del sistema alimentario mundial actual.

Publicado originalmente en Sentient Media

En la vida cotidiana, si comes algo que te enferma, no continúas comiéndolo. Pero, ¿qué pasa si tus elecciones alimenticias siguen enfermando a otras personas? Llámalo “consecuencias” o “karma”, pero las enfermedades más mortales en la historia moderna son por capricho de nuestras elecciones de alimentos. Tanto el VIH/SIDA como el Ébola resultaron de matar y comer a otros primates. Las condiciones insalubres inherentes a las granjas porcinas industrializadas resultaron en la gripe H1N1, también conocida como gripe porcina. Nuestro primer contacto con el SARS provino de un restaurante que ofrece animales vivos (civetas, mapaches y tejones) para ser sacrificados a pedido. Y ahora la secuela, SARS CoV-2, el virus detrás de la COVID-19, nos llega como un subproducto de un “mercado húmedo” en donde los animales vivos se venden y se sacrifican “frescos”. Una y otra vez, en todo el mundo, estas enfermedades mortales son una respuesta natural a la presión y a los abusos que los humanos infligen a otras especies.

Para cada especie, la supervivencia siempre ha significado adaptarse a las nuevas amenazas. Hace mucho tiempo, los armadillos desarrollaron armaduras para protegerse de los depredadores. Los puercoespines desarrollaron púas para protegerse. Muchos otros animales—camaleones, leopardos, búhos, varias serpientes e insectos—desarrollaron su propio camuflaje natural. Si bien tendemos a pensar en la evolución como un proceso que ocurre durante largos períodos de tiempo, en la actualidad los elefantes evolucionan rápidamente sin colmillos para sobrevivir al resurgimiento desenfrenado de la caza furtiva de marfil. Hoy, somos testigos de las consecuencias evolutivas a causa de la actividad humana que se desarrolla en tiempo real. Pero lo que no estamos viendo—o estamos rechazando ver—es lo que nos está matando.

Ningún animal es un organismo solitario. Cada criatura es anfitriona de ecosistemas de microorganismos, y la mayoría de los microbios son beneficiosos, como los del sistema inmune que trabajan para proteger al huésped de gérmenes dañinos, ya sea un cerdo o una persona. Si se sobrecarga de trabajo y es superado, particularmente si se enfrenta a un patógeno recientemente desarrollado o novedoso, el sistema inmunitario se debilita y el huésped se enferma.

En las granjas industriales, los animales viven implacablemente estresados, maltratados y obligados a vivir en su propia inmundicia. En estas condiciones, la enfermedad es inevitable, por lo que los productores de carne ponen a los animales de granja bajo pesados regímenes de medicamentos. Estos medicamentos no son tanto para proteger a los animales sino para el resultado final que busca la industria. Aún así, la naturaleza encuentra un camino. Los patógenos, como todas las bacterias y virus, se multiplican mucho más rápido que los animales, lo cual significa que también evolucionan más rápido. Para sobrevivir a los mejores esfuerzos de la industria para matarlos, los patógenos se ven obligados a crecer más resistentes y robustos con cada nueva cepa. Así es como nació la gripe porcina. La gripe H1N1 mató a 12.469 personas en los Estados Unidos, y a 575.400 personas en todo el mundo. La COVID-19 ahora está infectando y matando personas a una tasa mucho más alta que la gripe porcina.

En lugar de criar a una especie determinada de forma intensiva utilizando medicamentos, los mercados húmedos, como el que dio origen a la COVID-19, operan como zoológicos comestibles. Los menús en vivo ofrecen una variedad de vida silvestreescalfada y criada—que incluye cachorros de lobo, pavos reales, pangolines, murciélagos, erizos, zorros, burros, ciervos, avestruces, jabalíes y tortugas, entre muchas otras, así como perros. Los vendedores de carne amontonan a estos animales enjaulados y vivos, y los matan y degollan brutalmente uno frente al otro, exacerbando su estrés. Mientras que los animales vivos ya albergan su parte de microbios, la carne muerta alberga aún más. En el mercado húmedo, los patógenos—virus, bacterias y parásitos—son libres de mezclarse, competir y probar nuevos huéspedes potenciales. Aunque el último coronavirus parece haber comenzado en murciélagos (que no están afectados), la COVID-19 probablemente saltó a los pangolines y, obviamente, saltó a los humanos, donde se volvió mortal. El brote fue inevitablecompletamente prevenible. Fuimos advertidos y deberíamos haberlo sabido.

Como todos los demás organismos, los humanos tienen la capacidad de adaptarse y evolucionar. Pero nos resistimos al cambio e intentamos, en vano, obligar a la naturaleza a adaptarse a nosotros. Nos decimos que nuestra propia especie se encuentra en lo alto de la cadena alimentaria. Sin embargo, se necesita un único germen para dar vuelta a la civilización, poner a países enteros en cuarentena, amenazar con un colapso económico generalizado y matar a miles de nuestros familiares, amigos y vecinos. ¿Cuántos tienen que morir antes de que dejemos de comer animales?

La explotación y la matanza de animales es un negocio desordenado en todas las formas imaginables, y no es menos importante cómo está devastando el planeta. Mientras insistamos en abusar y explotar a los animales, seguiremos cultivando patógenos más fuertes y mortales. Mientras tanto, ninguna pandemia ha surgido de personas que comen brócoli, arándanos o seitán. Las verduras, frutas, granos, legumbres y nueces—alimentos que hemos evolucionado para comer—no sangran ni respiran enfermedades que amenazan con infectar a nuestra familia y amigos. Si queremos que nuestros seres queridos vivan, es tiempo de que comamos de esa manera.


Sobre el autor: Shad Clark es escritor y cineasta. Sus créditos incluyen “Through the Eyes of a Pig” (A través de los ojos de un cerdo) y “Side Effects May Include” (Los efectos secundarios pueden incluir). Más en shadclark.com.

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