¿Qué pensaba Jesús de los animales?

Últimamente, cada vez que abro un periódico me encuentro algo sobre veganismo, desde divertidísimas discusiones públicas sobre hojaldre relleno de salchichas hasta artículos alarmantes sobre sufrimiento animal y destrucción medioambiental. El veganismo nunca había sido un tema tan candente.

Un artículo que me dejó sin palabras hace poco describía detalladamente la suerte de los pollos macho en la industria dedicada al consumo de huevos. Dado que no tienen ningún valor económico, cada semana millones de machos se separan de las hembras y se depositan en una cinta transportadora que les dejará caer, vivos, en unas trituradoras.

Es muy fácil pasar de página e intentar ignorar un artículo tan impactante, pero este tema no debería estar limitado a los periódicos. Da igual si se habla sobre una gama cada vez más amplia de productos veganos en los supermercados, de carteles publicitarios que invitan a dejar los lácteos o de grupos de activistas por los derechos de los animales en las calles: el veganismo es ineludible. Y también lo son las cuestiones morales que suscita, especialmente relacionadas con los animales.

Desde luego, los cristianos no somos inmunes a estas cuestiones morales ajenas, pero pueden desconcertarnos un poco. Hace unos años, nos vimos arrollados por estos problemas sobre los animales. Era muy fácil acogernos a que los animales no eran «asunto nuestro», y, por supuesto, no esperábamos escuchar nada en la iglesia ni en debates de estudios bíblicos. Claro que podíamos mostrar la tolerancia cristiana que nos caracteriza al conocer a un vegetariano, pero dada la ocasión también podíamos recurrir a la seguridad de la inexpugnable respuesta: «bueno, Jesús comía pescado, ¿o no?». ¡Un visto bueno clarísimo de la providencia para que sigamos comiendo animales!

Me paro a reflexionar sobre las atrocidades de los sistemas de la ganadería industrial (inexistentes en tiempos de Jesús), en los terneros separados de sus madres en 48h tras su nacimiento (ilícito en tiempos de Jesús), en los cerdos mutilados que sufren en parideras de metal (de nuevo, ilícito en tiempos de Jesús), y especialmente en los pollos macho que caen a las cuchillas (sencillamente impensable en tiempos de Jesús). Y no puedo evitar pensar que el consabido «bueno, Jesús comía pescado, ¿o no?» no es lo suficientemente bueno.

Así que, ¿qué concepción tenía Jesús de los animales y qué impacto tiene esta en la generación actual de cristianos? Sabemos que los evangelistas no documentaron a Jesús dando extensas enseñanzas explícitas sobre este tema. Sin embargo, como ocurre a menudo, la verdad se revela mediante pequeños detalles fáciles de pasar por alto.

La primera pista la da la reseñable frecuencia con la que Dios se vinculaba a sí mismo con los animales. Nació en un hogar de ovejas y bueyes. Al bautizarlo, Juan Bautista lo proclamó «Cordero de Dios» (Juan 1:29) y el Espíritu Santo descendió hasta Él como «una paloma» (Mateo 3:16). Como símbolo de Su reinado, el Apocalipsis identifica a Dios como el «León de Judá». Quizá más conmovedor es que Jesús exprese su amor por las gentes de Jerusalén con sus deseos de reunirles como «la gallina reúne a los polluelos bajo sus alas» (Mateo 23:37).

En sus enseñanzas, hay un sentido de la espiritualidad olvidado, aunque llamativo, con fundamentos en la naturaleza. En el Sermón de la montaña, Jesús pone a los lirios y los pájaros como modelos de discípulos cristianos. Jesús señala a los gorriones, criaturas humildes según los estándares humanos de muy poco valor económico, y le dice a la multitud que «ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre» (Mateo 10:29:31).

Volviendo a los detalles sin pretensiones: un ejemplo de cómo Jesús demostraba su preocupación por los animales es el momento en que animó a las personas a que confiasen en él diciéndoles: «Mi yugo es llevadero» (Mateo 11:28-30). En el mundo contemporáneo, esa frase es algo que podemos pasar por alto fácilmente, pero en realidad es muy importante. Los yugos son arneses de madera que se sujetan en los cuellos de los animales y después se unen a un arado o un carro. El «yugo cruel» era aquel que estaba mal hecho, desigual y pesado. Causaban un dolor terrible y lesiones duraderas a los animales. Por el contrario, un «yugo llevadero» era aquel que estaba hecho con esmero, que se ajustaba bien y era ligero. Lo que Jesús decía era, en otras palabras: «Me conoces y sabes cuál es mi trabajo. Soy carpintero. Hago yugos. ¿Son fáciles o crueles?». Hizo esta declaración cerca de donde trabajaba, de manera que su audiencia podía incluso haber comprado sus yugos, por lo que confió en la reputación que le daban sus yugos para afirmar: «Puedes confiar en mí: mi yugo es llevadero».

Jesús también mostró compasión con el burro que montó hasta Jerusalén. En ese momento, la ley judía prohibía separar a una cría de su madre durante siete días. Antes de entrar a Jerusalén, Jesús se llevó al potro y a su madre juntos, a pesar de que el potro ya era mayor de lo requerido. Su corazón compasivo sobrepasaba las exigencias de la ley. El pastor bautista C. H. Spurgeon comentó: «Me parece una muestra de su ternura [de Jesús]: no separó a la madre de su potro si era innecesario. Me gusta ver la bondad de un granjero que permite que el potro siga a la yegua mientras está arando o trabajando, al igual que admiro la misma consideración en nuestro Señor. No le causaría a una pobre bestia un dolor innecesario llevándose a su cría… El Señor enseñó así a sus discípulos a inspirar delicadeza, no solo entre ellos, sino también con toda la creación. Me gusta ver a la ternura hacia todas las criaturas de Dios en la comunidad cristiana».

Ir más allá de la ley, y dejarla a un lado por amor y compasión, es quizá una de las características más atractivas y convincentes de las enseñanzas de Jesucristo. De hecho, cuando se le pregunta si es adecuado para Él curar en sábado, Jesús hace referencia los animales de granja; sugiere que la compasión, y no el legalismo, es una cuestión de sentido común: «Supongamos que uno de vosotros tiene una oveja y que un sábado se le cae en una zanja, ¿no la agarra y la saca?» (Mateo 12:11).

La compasión de Jesús con toda la creación no conoce límites, y se presencia tanto en los pequeños detalles de los relatos evangélicos como en las líneas generales de Pablo, que concibe a Jesucristo como el que libera a toda la creación de su esclavitud (Romanos 8) y hace la paz entre todas las cosas en el cielo y en la tierra (Colosenses 1:20; Efesios 1:10).

¿Adónde nos dirigimos con esto? Por una parte, tenemos a Jesús, quien ha recibido el Espíritu Santo en forma de paloma, que comparó su amor con el de una madre gallina y declaró que hasta el ave menos rentable es un receptor del cuidado providencial de Dios y no están exentos del amor del padre. Por otra parte, vivimos en una sociedad en la que millones de aves macho llegan al final de sus vidas con unas pocas horas tras ser trituradas vivas con maquinaria industrial. Todas las semanas, millones de aves viajan por una cinta transportadora antes de caer en esas cuchillas giratorias. Y, sin embargo, ninguna está exenta del amor de Dios.

No seré yo quien diga cuál será tu reacción, pero ¿has sentido el mismo escalofrío que yo?

Traducido por Sandra V.

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