¿Se nos ha dado a los animales para comer?

¿Alguna vez te has planteado teológicamente si la vaca en tu hamburguesa o la pata de cordero de tu cena del domingo estaba predestinada a terminar en tu mesa? Es fácil no querer pensar en qué, o mejor dicho quién, está en tu plato, y presuponer, a menudo de forma tácita, que los animales “nos fueron dados” para comer. Sin embargo, ¿podemos afirmar que la corriente principal del Cristianismo representa la verdad bíblica? ¿Pueden las vidas de los animales ser juzgadas en términos de utilidad humana?

Cuando leo mi Biblia, lo que más me llama la atención es que el valor de los animales se encuentra en el hecho de que Dios los ha creado con amor: los animales fueron creados por un Dios bueno y afectuoso y, por lo tanto, son buenos, estimados y valiosos como parte de la obra de Dios. A lo largo de las escrituras, podemos encontrar ejemplos sobre cómo Dios ama y cuida a sus animales (Salmos 104; Jonás 4:11; Job 39), cómo los alimenta (Salmos 104; Mateo 6:26; Job 38:39-41), y cómo se nos aconseja seguir su ejemplo como guía (Proverbios 30:18; 30:24-31). Incluso encontramos en las Escrituras ejemplos donde los animales adoran y reverencian a Dios (Números 22:21-34; Salmos 147:7-10).

Esto contrasta de forma sorprendente frente al hecho de que muchos de nosotros medimos el valor de un animal en términos de aquello que puede proporcionarnos. Dios no realizó una creación barata, donde todo era prescindible excepto la existencia humana. Debemos por lo tanto recordar que el valor que un animal pueda tener para nosotros es una cuestión completamente independiente del valor que los animales puedan tener para Dios.

Como los animales son buenos y amados por nuestro omnibenevolente Dios, no es de extrañar que alimentarse sin dañar a los animales sea un rasgo fundamental de las intenciones originales de éste para la humanidad. En el Génesis, el paraíso del Edén nos muestra que Dios quería que el mundo estuviera libre de toda forma de violencia, derramamiento de sangre y de cualquier tipo de pecado; se trataba de un reino pacífico y “era bueno” (Gén. 1:18). A la humanidad, hecha a imagen y semejanza divina, se le prescribe una dieta pacífica y a base de plantas: “He aquí os he dado toda planta que da semilla, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que da semilla; os serán para comer” (Gén. 1:29).

No obstante, sabemos que este no es el final de la historia y que el pecado original destruyó trágicamente la armonía de la creación. En Génesis 9, observamos un periodo oscuro en el que la maldad y la violencia han destruido las esperanzas más altas de Dios por la creación. Así pues, se realizó una aquiescencia (consentimiento) por el pecado ancestral, y se dio permiso para matar en tiempos de necesidad. Las Escrituras dejan claro el hecho de que mientras la humanidad tenga el permiso temporal de matar para alimentarse, debemos recordar que estos animales son criaturas amadas por Dios, y que tendremos que responder ante Él por cada vida que quitemos. Por lo tanto, comer animales a modo de supervivencia en este mundo caído no es impuro, pero es, a su vez, un recordatorio del pecado original.

Como personas que deberían desear luchar por conseguir el ideal divino de un reino pacífico, y emular la compasión, misericordia y bondad que Jesús extendió a toda la creación, debemos responsabilizarnos de nuestras acciones y, a su vez, preguntarnos si éstas forman parte de lo que Dios quiere de nosotros y si proclamarán su reino. Todo lo que hacemos, todo lo que comemos, todo lo que compramos, tiene un impacto en algo o alguien. Necesitamos decidir si deseamos que este impacto sea negativo, o positivo, y si esta decisión refleja las enseñanzas de Jesús.

Entonces, si aceptamos que podemos escoger comer animales, ¿significa ésto que nos fueron dados para comer? No, no están aquí con el propósito de convertirse en nuestra comida, y queda muy claro a lo largo de las Escrituras que Dios muestra desagrado frente a la matanza de animales (Isaías 1: 11- 17; 11:6-9; 66:3; Daniel 1:8-17; Salmos 50:8-13). Para los que vivimos en países de abundancia, matar a las criaturas amadas de Dios y consumir sus cuerpos no es una necesidad, sino más bien una indulgencia gastronómica egoísta que causa un sufrimiento horrible y la devastación del medio ambiente. La buena noticia es que podemos elegir un estilo de vida que refleje el amor, compasión y misericordia que pide Jesús, en lugar de escoger unos hábitos que respalden la violencia y la masacre que nos alejan del ideal pacífico de Dios (Génesis 1:29-30; Isaías 11:6-9). Solo porque podamos comer animales, ¿significa que esto es lo que quiere Dios? Teniendo en cuenta que deberíamos “estimar cada uno a los demás como superior [a él mismo]” (Fil. 2:3), “levantar la voz por los que no tienen voz” (Proverbios 31:8-9) y “hacer justicia, amar misericordia y caminar humildemente con Dios” (Miqueas 6:8), diría que la respuesta es un rotundo no.

 

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Cover photo by Sarah Noltner on Unsplash

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